Siempre admiré los cuadernos de anotaciones. Tanto como las fotografías. Son capaces de registrar un sentimiento y generar otros. Son capaces de traer historias, de traer aromas, colores, voces, personas, besos, risas, entre tantas otras magias. Digo todo esto porque encontré un cuaderno en casa sin uso, y decidí transformarlo en un nuevo cuaderno (aparte del pequeño negro que siempre llevo conmigo a cualquier lado)
Siempre uso dos tercios y los dejo por ahí, es un mal hábito que tengo.
Abrir uno de mis cuadernos es entrar a páginas de dibujos, letras, frases, ideas, flores secas, olor a libro viejo, nombres, recuerdos, listas pendientes, y otras mil cosas.
Siempre les agarro mucho afecto a mis cuadernos. El negro que tengo ahora se convirtió en un fiel pensadero (ver Harry Potter), deposité una de las creaciones que más amé y amo, una canción muy personal que me llena el alma leerla.
No sé por qué pongo esto acá, pero que se yo, me gustaría que todos tuvieran un cuaderno donde dejaran asomar la parte más poética, sentimental y humanista de cada persona, de cada alma que se esconde atrás de esas caretas de cartón que tantos llevan puestos hoy. Esas caretas que tienen lentes Ray Ban, mostachos, hasta hace poco colores flúo, marihuana (o actitudes estúpidas) y demás pendejadas. Atrás de todas esas caras hay algo que es único en cada uno, y estaría bueno que lo dejáramos salir más seguido, ¿qué creen?.
Yo de chiquito. El de la izquierda. El de la derecha es mi papá. Somos muy parecidos, oh sí.
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