Todos tenemos un edén espiritual.
Un lugar donde vamos a conectar ese cable a tierra, a descansar de la vida. Mi edén espiritual es varios a la vez. Es un rincón de las sierras que hace mucho no visito y que fue perjudicado por los incendios. Es un buen lugar con naturaleza y silencio (de ese que no deja oír a los humanos y sus problemas). Uno de mis preferidos es un pueblo. Un pueblo al sur de Río Cuarto. Un pueblo llamado San Basilio.
Es el pueblo donde nació mi mamá. El pueblo donde viven mis abuelos. El pueblo que visito en las vacaciones desde que tengo memoria.
Es un lugar que a simple vista derrocha aburrimiento. Pero así lo ve uno el primer día, cuando llega con toda la mochila de la rutina de la ciudad.
Cuando uno deja ir los problemas mundanos por unos días, entiende que está en un Edén espiritual.
Y recién ahí comienza a disfrutar.
Este pueblo para mí es parte de mi infancia. Cada lugar que veo me trae algún recuerdo. Es un pueblo que para mí tiene un gran valor sentimental. (Aparte queda los obvios placeres de ir unos días de los abuelos)
Una plaza que me trae anécdotas de castillos (chozas), cohetes (hamacas), torres (árboles) caballeros (amigos) y mil y un rasguños, raspones y moretones.
Una casa en una esquina. Una casa que por un tiempo se vuelve hogar. Y una suerte de fortaleza.
Ese edén decidí visitar la semana pasada. Y decidí visitarlo no con muchas ganas, venía de un bloqueo mental que me impedía escribir algo bueno, algo fluido. ALGO. Y un cansancio mental y físico.
Así que partí en colectivo, viendo la tormenta (tristemente célebre en estos días, mencionada en los noticieros) acercarse, puse música, y en medio de ''Yo'', una canción de Salta La Banca, me puse en la piel de otra persona, una luchadora. Después de emocionarme hasta las lágrimas por sentimientos encontrados, nació ''Luciano'', poema dedicado a Luciano Arruga.
Durante el viaje logré escribir un par de cosas más, como ''Nube, nubecita, nubarrón'' y ''Reflexiones trotamundistas''.
Una vez en mi edén, descansé, me saqué mi mochila de ciudad, y después de la lluvia del segundo día, decidí salir de la casa.
Así que el tercer día de mi estadía en San Basilio, a la siesta, agarré la cámara, los auriculares, las hojas, una buena lapicera, metí todo en el bolso y salí con la bicicleta, a buscar, a buscarme.
Y me encontré. Pude encontrarme detrás de un pino al lado de una ruta, al lado de un camino cerca de un cementerio, en el banco de una plaza viendo a mi hermana jugar, en la casa de mis abuelos. Pude encontrarme, desbloquearme. Y superé mi objetivo con creces. Tengo buenas fotos, 10 poemas nuevos.
Y lo más importante. Descansé mental y espiritualmente.
Esas pequeñas vacaciones de las vacaciones me llevaron a buen puerto, así que, sin más preámbulos, les muestro algo de lo que hice.
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