Ya estaba ahí cuando
llegué. Quizás estuviera ahí desde el comienzo del mundo, vaya uno a saber. La
cuestión es que estaba ahí. Con el libro, claro. A veces lo tenía abierto,
otras cerrado. Pero siempre estaba presente. Y siempre era el mismo. Pequeño,
verde, rezaba ’’La hojarasca’’ en el frente. Había días en que sólo se sentaba
a mirar la tapa. Otros lo leía.
Pero hoy, hoy está ahí,
como tildada. Sus ojos yacen fijos en un sector exacto de la primera hoja, sus
dedos bailan en el borde inferior derecho, como amenazando con cambiar la
página. No llora. Recuerdo que al principio lloraba mucho.
Era la primera vez que
venía. Y ella ya estaba en su lugar de siempre, como queriendo ser pared,
pasando desapercibida ante las distraídas miradas. Siempre creí que se
subestimaba, era capaz de volver insignificante cualquier gran historia con su
belleza. Yo caminaba detrás de una pareja de jóvenes que, tranquilos, se
contaban las misceláneas, poniéndose al corriente, retrasando mi marcha,
entristeciendo mi día: había vuelto a Macondo Gabriel García Márquez.
Miré, casi por casualidad,
a la solitaria señorita. Se había quedado congelada, con el libro en las manos,
la mirada perdida, la barbilla temblorosa, el río en sus ojos, los dedos
asesinando la esquina de la hoja. Esa que se arrugaba, se machacaba, se ajaba,
se pudría con el llanto, se hundía en la desesperación del darse vuelta. Algo
en sus ojos mostraba un shock interminable. Algo se había roto. Casi se lo
podía oír.
Y así fueron pasando los
soles, ella en su lugar y yo un poco más acá, en otro banco, tratando de
descifrar en qué recuerdo vacilaba su dedo amenazador, que no se atrevía a
voltear la primera página.
Muchos años más tarde lo
descubrí. Ayer, para ser específicos. En su funeral. Me invitó un primo suyo
que me conocía de algunos proyectos que compartimos y que no quería pasar solo
ese momento tan lóbrego. Llegamos al salón y en el cajón estaba ella, igual de
linda que la última vez, un poco más pálida. Nunca supe su nombre. Nunca supo
que la amé en secreto por tantos años de silenciosa compañía. Nunca se atrevió
a confesar que no pasaba las páginas porque sabía que si lo hacía, volvería a
matar a Gabo en su corazón.
Y no podía. Ella lo amaba.
Ella siempre amó a otro.

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