Mixtura

Mixtura
La mixtura: viaje de ida

1/6/14

Otro.


Ya estaba ahí cuando llegué. Quizás estuviera ahí desde el comienzo del mundo, vaya uno a saber. La cuestión es que estaba ahí. Con el libro, claro. A veces lo tenía abierto, otras cerrado. Pero siempre estaba presente. Y siempre era el mismo. Pequeño, verde, rezaba ’’La hojarasca’’ en el frente. Había días en que sólo se sentaba a mirar la tapa. Otros lo leía.
Pero hoy, hoy está ahí, como tildada. Sus ojos yacen fijos en un sector exacto de la primera hoja, sus dedos bailan en el borde inferior derecho, como amenazando con cambiar la página. No llora. Recuerdo que al principio lloraba mucho.
Era la primera vez que venía. Y ella ya estaba en su lugar de siempre, como queriendo ser pared, pasando desapercibida ante las distraídas miradas. Siempre creí que se subestimaba, era capaz de volver insignificante cualquier gran historia con su belleza. Yo caminaba detrás de una pareja de jóvenes que, tranquilos, se contaban las misceláneas, poniéndose al corriente, retrasando mi marcha, entristeciendo mi día: había vuelto a Macondo Gabriel García Márquez.
Miré, casi por casualidad, a la solitaria señorita. Se había quedado congelada, con el libro en las manos, la mirada perdida, la barbilla temblorosa, el río en sus ojos, los dedos asesinando la esquina de la hoja. Esa que se arrugaba, se machacaba, se ajaba, se pudría con el llanto, se hundía en la desesperación del darse vuelta. Algo en sus ojos mostraba un shock interminable. Algo se había roto. Casi se lo podía oír.
Y así fueron pasando los soles, ella en su lugar y yo un poco más acá, en otro banco, tratando de descifrar en qué recuerdo vacilaba su dedo amenazador, que no se atrevía a voltear la primera página.
Muchos años más tarde lo descubrí. Ayer, para ser específicos. En su funeral. Me invitó un primo suyo que me conocía de algunos proyectos que compartimos y que no quería pasar solo ese momento tan lóbrego. Llegamos al salón y en el cajón estaba ella, igual de linda que la última vez, un poco más pálida. Nunca supe su nombre. Nunca supo que la amé en secreto por tantos años de silenciosa compañía. Nunca se atrevió a confesar que no pasaba las páginas porque sabía que si lo hacía, volvería a matar a Gabo en su corazón.
Y no podía. Ella lo amaba.

Ella siempre amó a otro.

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