En la insulsa cola/fila/serpiente humana que se disponía a ser engullida por el interurbano Córdoba-Carlos Paz apareció así como quien no quiere la cosa una pistola. En mi mano descansaba (en su funda también) mi propia arma, más maderil, más musical, menos siniestra. Arma de luz me atrevo a acotar. Y el debate estalló entre acordes y balas, casi de manera conversacional, entre explosiones y yeites.
Qué irónico que los dos artilugios sean armas, pero de intenciones tan antagónicas. Una dispara silencios, la otra escupe sonidos. Mientras la negra apunta a reprimir la maderil ansía libertades. Una es lo recto, la otra lo correcto. Pistola es grises sanguinolentos, guitarra es todos los colores habidos y por haber.
Interesante es que entre ellas no se reconocieron, pero debe admitirse que las hermanas que toman caminos tan diferentes de tanto corromperse con el entorno, de tanto hacerse, deshacerse y rehacerse en el contexto difícilmente logren encontrar entre ellas similitudes fácilmente denotables: la misma mano hacedora, la funcionalidad de emitir mensajes. Pasa que algunas armas disparan mensajes de manera más...cuestionables.

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