Nos invito a reflexionar sobre esas dos agujas.
Se clavan en la comodidad, tiranas, nos mandan aquí y allá, queman la vida y la hacen borrosos recuerdos, siempre mirándonos tan inocuas y soberbias desde la pared, desde la muñeca, desde nuestra mesita de luz. Apuntan burlonamente a los números circundantes, intentando poner en manifiesto otro de los inentendibles inventos del hombre: el tiempo.
Capaces de manipular a aquellos a quien la rutina devoró sin piedad, ácidos gargajos de lo monótono, cotidiano y pobre de ánimo, no debemos fiarnos del reloj jamás, porque con un solo movimiento se atrasa o adelanta y nosotros ya estamos a la deriva.
Creo que creamos el reloj para refugiar allí nuestra ansiedad, nuestra obsesión por querer controlar todo, nuestros miedos, nuestras frustraciones, nuestras esperanzas, nuestros ojos que no paran de mirar el futuro.
Como diría el Conejo Blanco: A veces para siempre dura sólo un segundo.
Y sin embargo, mientras hablamos de todo esto tic toc tic toc los segundos corren, las agujas se mueven, nuestro cuerpo lentamente muere.
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